Relato erótico

Nos gusta que nos miren

Charo
15 de mayo del 2019

Les gustaba el sexo y nos les importaba montárselo en lugares públicos y aunque procuraban que no les vieran, se dieron cuenta que les gustaba exhibirse.

Martín – Alicante

Este relato es absolutamente cierto, nos llamamos Teresa y Martín, nos conocimos en la facultad y al poco tiempo ya éramos pareja. Me hubiera gustado poder decir que ambos, o que al menos uno de nosotros, era de una familia acomodada, y que por ello disponíamos de coche o de una segunda residencia familiar donde tener nuestros encuentros. Sin embargo éramos unos vulgares estudiantes de clase media, que se veían obligados a recurrir a los parques y/o a los pubs oscuros cuando el presupuesto lo permitía.
Yo había tenido otras novias con las que había recurrido a dichos lugares, pero a diferencia de Teresa, estas ponían muchas dificultades en concederme mis deseos si las circunstancias no nos concedían una total intimidad. Con Teresa era distinto. Se dejaba tocar, me la chupaba o incluso follaba en pubs o en parques siempre que hubiese la suficiente oscuridad o diese la impresión de que no íbamos a ser vistos. Siendo honestos, por muy oscuro que estuviese, si yo podía ver o intuir lo que otras parejas hacían, seguro que ellos hacían lo propio con nosotros. Sin embargo nos auto engañábamos pensando que nadie nos veía, yo porque estaba muy caliente y ella ¿por exhibicionismo?
La primera vez que pensé que podía ser esa la causa fue un día que la acompañé hasta la parada del autobús. Vivíamos cada uno en una punta de la ciudad y careciendo de vehículo estábamos condenados al uso del transporte público. Aquel día nos habíamos entretenido más de la cuenta y ella había perdido el último autobús, con lo cual teníamos que esperar a que empezase a funcionar el primero del servicio nocturno, para lo que todavía restaba una hora.
Estábamos en un lugar público perfectamente iluminado y ninguno podía alegar que nadie nos podía ver, ya que podíamos observar la cara de sorpresa de los automovilistas al pasar junto a nosotros y oír los bocinazos que algunos nos dedicaban.
Pese a todo, nadie puede tachar a Teresa de haberse tomado a la ligera el trabajo que estaba haciendo, muy al contrario, ya que se regodeaba en él, retrasando todo lo que pudo el momento de mi orgasmo. Cuando me veía próximo al mismo, extraía mi miembro de su boca y se limitaba a darle suaves lengüetazos en la punta.
Pero tanto va el cántaro a la fuente que termina por romperse. En su enésima interrupción, calculó mal y se extrajo mi polla de la boca justo cuando yo comenzaba a correrme, y aunque inmediatamente volvió a metérsela para tragar hasta la última gota, no pudo evitar que le llenase toda la cara con mi esperma. En la calle, con mi polla aún en su mano, con la cara llena de semen y riéndose a mandíbula batiente. Pero para mí desesperación no volvió a repetir nada similar, ni por voluntad propia ni a petición mía.

Como muchas parejas, a los dos años de noviazgo, sufrimos una crisis. Para estropear más la situación cometí el error de serle infiel con una buena amiga suya, que para remate, después de pedirme que guardase en secreto el desliz, corrió a contárselo a Teresa. Además de cómo adúltero, quedé como un mentiroso, y la venganza de Teresa no tardó en llegar. Salió con una amiga a ligar y tras localizar a la víctima adecuada, según me contó luego, tenía que ser más guapo que yo para que la venganza fuese completa, le pidió que la llevase con su coche a un lugar apartado y allí se dejó follar. A modo de despedida, y no sin cierto recochineo hacia mí, después de dejarse follar le hizo una mamada.
El chico, al que meses más tarde nos encontramos por casualidad en un bar, debió pensar que aquella había sido la noche de la suerte de su vida. Al día siguiente, dándome una lección de sinceridad, me lo contó todo. Reconozco que el saber que los cuernos no me dejaban pasar por el marco de la puerta sin agacharme, me dolió. Sin embargo tenía que reconocer que su acto pagaba una infidelidad mía y que, queriéndola como la quería, estaba dispuesto a perdonar casi cualquier cosa. Lo que no reconocí, ni siquiera a mí mismo, es que cuando Teresa me contó lo sucedido tuve una enorme erección.
Conforme me lo contaba, yo le pedía que me explicase los detalles más morbosos y disfrutaba con ellos. Me dolían los cuernos, pero también me dolía la polla de lo dura que la tenía. Me la imaginaba besándolo, dejándose desnudar, gozando con el miembro de otro, limpiándose con un clínex el esperma que él le había depositado en su interior, chupándosela, tragándose su semen, etc. Y me gustaba. Deseaba poder haber estado allí y haberlo visto todo sin ser descubierto. Durante días, cada vez que pensaba en lo que Teresa había hecho, corría a mi habitación a masturbarme como un adolescente. Cuando hacíamos el amor, imaginaba que era el otro el que la poseía obteniendo unos orgasmos tremendos.
Estaba obsesionado y por ello, cuando consideré que la relación había vuelto a su cauce normal, le insinué la posibilidad de realizar un trío con otro hombre. Aunque reconoció que en alguna ocasión había tenido esa fantasía, se negó en redondo y yo no me atreví a volver a proponerlo.
Finalizados nuestros estudios universitarios y una vez conseguido trabajo, nos compramos un piso y sin más dilación nos casamos. Nuestra vida sexual por supuesto cambió.
Una noche, estando en la terraza desnudos, nos pusimos cariñosos. Normalmente, cuando esto sucedía nos íbamos a la habitación donde consumábamos el encuentro. Sin embargo aquel día no. Teresa, arrodillándose a mis pies, comenzó a chuparme la polla, y aunque le sugerí al posibilidad de continuar en el lecho matrimonial, hizo oídos sordos a mis ruegos y continuó chupa que te chupa.

Lo prolongó hasta que supongo que dedujo que yo no me resistiría y entonces se sentó sobre mí y empezó a cabalgarme. Yo la tengo bastante gorda y normalmente es muy difícil que consiga penetrarle en esa postura si previamente no lo he hecho en otra más favorable, sin embargo en aquella ocasión estaba tan lubricada que entró sin la menor resistencia.
Pese a todo, la postura era incomoda y además no confiábamos en que la silla aguantase el peso de ambos durante el coito. Por ello la incorporé y le pedí que apoyara los codos en la mesa para de esta manera poder penetrarla desde atrás. Es esta postura podíamos ver la calle y la gente que por allí pasaba, aunque estábamos convencidos de que ellos a nosotros no podrían vernos. El orgasmo fue tan intenso para ambos, que repetimos la experiencia en diversas ocasiones.
Una noche salimos a cenar y bailar. Volvimos tarde, bebidos y calientes. En el garaje, al bajarnos del coche Teresa se subió el vestido y se quitó las bragas. Ella sabe que me gusta que vaya sin ellas, por lo que pensé que su intención era calentarme con la idea de que debajo del vestido no llevaba nada. Por ello me sorprendí cuando vi que no se bajaba el vestido y que de esa manera se dirigía al ascensor. Aunque era tarde, siendo una noche de día festivo y en verano, corríamos el peligro de encontrarnos a algún vecino que volviese de fiesta o que simplemente aprovechase el frescor de la noche para pasear el perro. Mostrando su chocho y su culo, que no dejé de tocar en todo el trayecto, subimos en ascensor y esperamos en el rellano a que pudiese meter la llave y abrir la puerta de nuestra casa.
Reconozco que los nervios me hicieron tardar más de la cuenta, no encontraba la cerradura, y que cualquier vecino pudo vernos por la mirilla de su puerta. Si alguien nos vio, nada nos dijo en los siguientes días. Pero las sorpresas no habían acabado por aquella noche.
En aquel verano, en el que todavía no teníamos aire acondicionado, durante el día teníamos todas las ventanas cerradas para evitar que entrase el calor, pero por las noches las abríamos todas para que entrase el fresco.
Cuando me encontraba en mi terraza saboreando una cerveza y disfrutando de la brisa nocturna, una luz se había encendido en el bloque de enfrente, involuntariamente había dirigido mi mirada hacía allí y había observado la escena, normalmente inocente, que se desarrollaba al, otro lado de la calle. Por ello estaba seguro que si en aquel momento teníamos vecinos en su terraza, estarían atentos a lo que ocurría en mi dormitorio. Teresa no es tonta y seguro que por su cabeza había pasado un pensamiento similar.

Entre besos y abrazos nos desnudamos uno al otro y empezamos a revolcarnos en la cama. No tenía la seguridad de estar siendo observado, pero la mera posibilidad me excitaba. Teresa debía tener pensamientos similares, pues empezó a desplegar toda su sabiduría amatoria. Comenzó demostrando que sabía comerse una buena polla y que lo hacía con calma, deleitándose en ello y cuando lo estimó oportuno me pidió que iniciásemos un 69, eso sí, colocándose ella debajo. Pero nuevamente pidió cambiar de postura y tumbándose con las piernas bien abiertas me pidió que la penetrara.
De hecho, comenzamos mostrar todos los conocimientos que del Kamasutra teníamos, manteniendo cada postura el suficiente tiempo como para que se quedase perfectamente gravado en la retina de un posible observador. Me estaba follando ella, era un mero muñeco a las órdenes de mi esposa que indicaba en cada momento lo que debía hacer y de qué manera. La follé a cuatro patas, de lado, se sentó sobre mi miembro, primero mirándome y luego de espaldas a mí, y cuando ya no podíamos más volvió a la postura del misionero en la que obtuvimos un inolvidable orgasmo. Al terminar bajó la persiana, apagó la luz y nos pusimos a dormir como si no hubiese pasado nada.
A la mañana siguiente, cuando traté de hablar de lo sucedido la noche anterior, ella le quitó importancia. No habíamos hecho el amor con la ventana abierta y la luz encendida para ser vistos, simplemente hacía calor y a ella le gusta ver bien lo que está haciendo. Además a esas horas era imposible que nadie nos viera. No había exhibicionismo en su comportamiento, sostenía ella. Cuando hace el amor con su marido no piensa en nada más ni tiene en cuenta el entorno. No me convencían sus argumentos, pero tampoco quise rebatirlos. En cualquier caso, hasta que no pudimos comprar cortinas, me acostumbré a mantener las persianas siempre altas. Cuando íbamos a hacer el amor a la habitación esperaba a ver si ella las bajaba o no, y si no las bajaba sabía que aquella noche tendríamos un polvo especial.
Fue aquel verano cuando, casi por casualidad, descubrimos las playas nudistas, aficionándonos tanto a ellas que odiábamos la sola posibilidad de llegar a tener la más mínima marca del bañador. Pero también descubrí que, además tener el culo moreno, lo que me gustaba de esta playas era ver la cara de deseo de otros hombre cuando mi mujer, con su cuerpo desnudo y contorneándose, se dirigía al agua. Lo que no pensé entonces fue que a ella también le gustase recibir ese tipo de miradas.
Tal fue la obsesión que teníamos por tener “el culo moreno” que, aunque no fuese verano, siempre que hiciese un día cálido y soleado hacíamos una escapada a la playa para tomar el sol desnudos durante unas horas. Generalmente, esos días cálidos de primavera o de otoño, la playa estaba prácticamente vacía, pero a nosotros nos daba igual.
Uno de aquellos días la playa estaba desierta, a excepción de un pescador que con su caña probaba fortuna. A petición de Teresa nos pusimos relativamente cerca de él, según dijo porque así le podíamos pedir que vigilase la ropa si decidíamos darnos un baño.
Tras colocar las toallas y desnudarnos, el ritual exigía que nos untásemos el uno al otro bronceador. Pero una cosa es untar, y otra lo que hizo ella conmigo. Hizo todo lo posible por excitarme obligándome a ponerme boca abajo para ocultar la erección, y cuando lo consiguió, me pidió que le hiciera a ella lo propio.
Me lo tomé al pie de la letra y al igual que ella, hice todo lo posible por excitarla. Pensaba que llegado a un punto ella me pediría que la dejase, pero para mi sorpresa me pidió que fuese más osado y que le metiese mano sin ningún miramiento. Le recordé que el pescador no paraba de mirarnos de reojo desde que nos habíamos desnudado y por toda respuesta comenzó a frotarme mi erecto miembro.
Me había dado el banderazo de salida y yo, con mi mástil en sus manos, introduje mis dedos en su coño. ¡Estaba chorreando!

Generalmente dedicamos un buen rato a los juegos antes de iniciar el coito propiamente dicho, sin embargo estaba vez me urgió para que la penetrase sin más dilación. Le volví a recordar que teníamos un espectador a escasos veinte metros y que una cosa era tocarnos de una manera más o menos disimulada y otra follar descaradamente, pero no le importaron. Entré en aquel mar de flujos vaginales y con apenas diez embestidas conseguí el orgasmo más rápido de la historia de mi mujer. Pensé que aliviada su calentura me pediría que saliese y terminaría con la mía de un modo más discreto. Sin embargo me rogó que continuase hasta el final, que debo de reconocer que en mi caso tampoco se demoró demasiado… pero como pienso que me he alargado demasiado, prometo continuar en una próxima carta.
Besos y saludos de los dos.

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