Relato erótico

Querida desconocida

Charo
14 de mayo del 2019

Quiere contarnos una historia que ocurrió hace muchos años pero, a pesar del tiempo pasado, nunca la ha olvidado. Lo que le apena es que no puede recordar el nombre.

Rafael – Fuengirola

Yo no era un buen bailarín por lo que no bailaba mucho, pero después de observar bien, los contorneos corporales de los que a mi juicio bailaban bien: no andar mucho por la pista, mover los brazos controladamente y unos movimientos sexys de hombros y pecho, era el secreto. Además, para llamar la atención bastaba con bailar ignorando al resto y sonreír simplemente si alguna vez cruzabas la mirada con alguien.
Bailé así esa noche, era joven, vestía bien y salí solo esa noche en aquella Fuengirola de finales de los 80, la ciudad nocturna de la Costa del Sol por aquel entonces. Tenía motivos pues para encontrarme bien, pese a que no tuviera muchas más cosas que hacer que bailar en el pub London, lugar de moda en aquel entonces. La música era buena, el local lleno de gente guapa y en el reducido espacio para bailar que existía, un variopinto grupo de jóvenes y otros más mayores que se divertían verdaderamente bailando, entre los que me encontraba yo.
Recuerdo que entre copa y copa, sin haber hablado con nadie, me animé bailando. De esas veces que “te lo crees” y que sabes que te miran; y más atrevidamente bailaba. Llevaría una hora bailando cuando una mujer que antes estaba más alejada, se terminó de situar junto al hombre que la acompañaba, en la parte de la barra más cercana a la pista de baile. Desde luego que me había fijado antes en ella, bailar “distraídamente” no siempre significa no saber que ocurre a tu alrededor. Fijarse en ella era normal, destacaba por su cabello rubio platino y el resto de su escandinavo aspecto, intensos ojos azules enmarcados en un rostro de rasgos nórdicos, su piel muy bronceada, sin marcas de traje de baño, vestida con un elegante vestido blanco muy veraniego con amplio escote, ceñido al cuerpo y falda amplia. Su figura delgada, sus piernas de gimnasio, sus dientes blancos como perlas, su buen maquillaje, sus ojos, su bronceado, su vestido… le conferían el elegante porte de la “guiri” madura y adinerada.
Además, su presencia resaltaba por el acompañante al que hablaba de vez en cuando, siempre al lado de ella. Era el típico cateto español, igual de alto que ella, barrigón, moreno, medio calvo y con bigote, vestido como quien se viste el sábado por la mañana para ir a la taberna a jugar al dominó con los amigos, y sin embargo estaba junto a ella, en una actitud que dejaba a las claras que estaban juntos. En fin, cosas extrañas se ven en cualquier sitio. Para ir a beber o dejar mi copa debía visitar la barra en la parte en que estaban ellos, y allí estaba ella, apoyada contra la barra, mirándome como me acercaba y me situaba a su lado para pedir una copa al camarero.

No recuerdo cuantas veces me acerqué a ellos ni cuanto tiempo me aseguré de que me miraba mientras bailaba antes de que empezáramos a hablar, lo que recuerdo es que hablé con ella muy cortés, sin pretensiones de “ligar”, dado que estaba acompañada. Pero cuanto más hablábamos, su pareja más se difuminaba. Pasado un rato le dije:
– Quizás no te conviene hablar tanto conmigo, si no quieres que tu pareja se moleste.
Ella, rompió en una adorable carcajada.
– ¿Mi pareja? Vengo sola. Este hombre se me pegó hace un rato, diciéndome que necesitaba protección aquí. Pero es tremendamente aburrido.
Contestó con su gracioso acento extranjero.
– ¿Protección? Es la primera vez que oigo que alguien intente ligar así. Ella elevó los ojos en una expresión de hastío y comentó:
– Lo siento por él. Si le di conversación es porque en verdad no quiero que se me acerquen los hombres. Imagina, aguantar a muchos chicos pesados y tan aburridos como él.
Era simpático comprobar como cuando entre personas de distinto origen y lengua, se recurre tanto a los gestos. Pero algo si había quedado claro de aquella conversación, que aun viniendo sola, le resultaba incómodo el acoso de los chicos. Así que solo me limité a hablar divertidamente como si fuera una amiga de siempre, cosa que pareció encantarle, hasta que al final el acompañante se fue del local.
Bailamos, bebimos, charlamos y reímos como si fuéramos buenos amigos, hasta que decidimos ir a otro local más tranquilo donde en una charla distendida, hablamos algo más de nosotros. Era danesa pero llevaba viviendo en Fuengirola unos 6 años. Trabajaba como comercial de una empresa de multipropiedad, divorciada, tenía 38 años, una hija que en verano pasaba la temporada con su padre en Dinamarca, y desde hacía año y medio mantenía una relación, algo estable pero no formal, con un finlandés adinerado algo mayor que ella, que vivía en la Costa del Sol discontinuamente.
Era tarde y como había dejado el coche en su casa, me ofrecí a llevarla. Vivía en un barrio de adosados de las afueras de la ciudad en la parte alta de Fuengirola. En el trayecto ella girada en el asiento con la pierna encogida y apoyada sobre el mismo, para mirarme de frente, hablábamos de lo que aun no habíamos hablado, de sexo, de las etapas por las que había pasado, estaba cómoda. Fue en medio de la conversación cuando llegamos a la puerta enrejada de acceso a la urbanización privada donde vivía, no bajó del coche y seguimos hablando. Paré el motor dispuesto a seguir allí el tiempo que hiciera falta. Me estaba contando que lo que más le gustaba era el sexo anal y que el finlandés se lo hacía salvajemente. Imagino que estaba gozando al notar el rubor que causaba al dar detalle de todo eso a un chico de 20 años. De pronto me preguntó:
– ¿Estás excitado?
Y sin darme tiempo a contestar se inclinó sobre mí, me besó y bajo la mano a mi entrepierna para comprobar lo que seguramente intuía en la semioscuridad. Como su entrepierna estaba muy abierta, fue fácil deslizar mi mano a ella y comprobar a su vez, aún por encima de sus braguitas blancas y caladas, que estaba igual de excitada que yo.
– Tienes un buen miembro -me dijo con una sonrisa maliciosa.
Me arriesgué a pedirle de entrar a su casa. Me refirió que en su casa vivía con su amante finlandés, ausente desde hacía más de medio mes y que no quería hacer nada que echara a perder su relación. La dejé hablar hasta que al final dijo:
– Bueno, deja el coche fuera y crucemos la verja andando. Por favor, discreción, todos los vecinos nos conocemos.
Y así hicimos, la seguí sin decir palabra hasta que entramos en la casa. Fue hacia la cocina y me ofreció una copa. Fue allí donde reiniciamos los abrazos y besos. Estaba apoyado en la encimera y ella sobre mí, restregándose contra mi pene duro, me dejaba sus espléndidas nalgas totalmente ofrecidas a mis manos, que las manoseaban a veces suavemente, otras con fuerza. No hablaba, solo me besaba, me agarraba del pelo y se frotaba contra mí.

En ocasiones levantaba una pierna como si con su pubis quisiera atrapar mi paquete, mientras con mis manos ya llevaba tiempo accediendo a todos sus espacios anales y genitales. No paraba de besarme aún cuando a veces la levantaba desde su vagina con dos dedos dentro. De golpe se separó un poco, me cogió de la mano y me dirigió a su dormitorio. Más besos, me bajó el pantalón y boxer, me sentó en la cama, se arrodilló y pasó la mano por mi pene para dejarlo limpio de pelos, lo miró y se lo llevó a la boca.
Que suavidad… Con una mano me lo movía mientras con la otra me acariciaba el vientre o la pierna, lo engullía, succionaba, lo dejaba libre, lo miraba, lo rodeaba con su lengua o desde los testículos la subía hasta el glande, para volverlo a engullir… Tenía experiencia y yo no, aunque no fuese mi primera vez. Ella llevaba toda la iniciativa mientras yo apenas me movía. Solo mis ojos se cerraban de placer o abría la boca. Por hacer o decir algo, se lo reconocí:
– Lo haces como nadie me lo ha hecho hasta ahora.
Me miró, sonrió mostrando sus dientes blanquísimos relucientes en la oscuridad, se incorporó y se desvistió. Dejó caer su vestido quedándose en ropa interior blanca. Quise acariciarla y me lo impidió. Dijo que volvía enseguida y fue al baño. Volvió al poco desnuda, bajó la persiana, encendió la luz de la mesita de noche y se mostró a placer ante mi vista. Era fantástica, tenía un cuerpo de modelo, un pecho menudo y elevado y su pubis completamente depilado. Se echó en la cama invitándome al amor cuando aun estaba medio vestido. La acaricié a placer, los pechos, sus caderas, su sexo… La besé en la boca, baje mis labios por su cuello y estuve succionando sus pezones largo rato. Sus gemidos me invitaban a más, bajé hacia su sexo que ya había humedecido por mis caricias, subió sus piernas abriéndolas de par en par, sus labios despegados ofrecían un espectáculo maravilloso y hundí mi cara en él. Cuando lamía por abajo, ella levantaba sus caderas haciendo que mi lengua le lamiera el ano. No me importaba, lo tenía muy limpio y todo para mí era nuevo y muy excitante.
Se incorporó y me ayudó a desvestirme. Ya desnudo y arrodillado se puso a gatas y se tiró frenéticamente a mi polla. Esta vez me la meneó con delirio y chupó con vigor, pasó sus dos manos a mis glúteos y los abrió con fuerza. Yo exclamé un ruidito, más de sorpresa que de dolor, ella llevó sus dedos a mi ano y me metió uno en el, luego dos… En la postura que estaba no sentía dolor, estaba muy excitado y mi pene alcanzó su máxima expresión. Noté como de complacida se sintió ella, como sonreía y la cara de gusto que ponía. Tumbándose en la cama y tirando de mis brazos hacia ella dijo:
– Ven, quiero ese pollón dentro de mí.
Me eche sobre ella, con mi mano dirigí mi dilatadísimo miembro y logré que el glande encajara en su entrada. Situé los dos brazos a sus costados y empujé. La follé tranquilo, quizás estaba alucinado por lo sucedido pasado aquella noche, quizás algo intimidado por esa mujer, o quizás era el alcohol, pero no era normal que estuviera follándola tanto tiempo sin correrme. A ella creo le pasaba igual, gemía, pero no daba señales de enloquecer. Me retiré de ella y de rodillas me quedé mirándola:
– No me corro.
Ella me escucho y demostró su experiencia. Lejos de sorprenderse, se sentó y empezó a comerme otra vez la verga, mientras esta vez se tocaba el coño con ambas manos.

Que ritmo imprimió a sus manos, yo estaba gozando todo este espectáculo continuado de lujuria. Noté que de nuevo ella se acercaba a su clímax, por lo salvaje que me la comía, tragándosela toda mientras gemía sin parar de masturbarse. Llegado un punto se giró y se puso a gatas frente a mí, llevo sus manos a su ano y metiendo dos de cada mano se lo abrió con fuerza.
– ¡Fóllame por aquí. Deseo tu polla hasta el fondo!
Estaba como loca. Me acerqué a ella, le metí mi dedo en medio de los de ella y palpé su recto. Era suave y esponjoso, jamás había tocado nada igual. Ella encogió una pierna apoyando el pie sobre la cama y su ano bajó. Mi capullo ya lo tocaba, ella quitó los dedos y cogiéndome de mis caderas me atrajo hacia sí. Con mi glande en la entrada de su ano, empujé. Ella gritó como loca, creí que le estaba doliendo como a mí.
– ¡Empuja fuerte! ¡Rómpeme!
La cogí por el culo y empujé con fuerza. Le abría los glúteos con fuerza, se los azotaba y ponía el cuerpo de forma que le entrara lo máximo. Ahora si que gritaba de placer. Se pellizcaba con fuerza los pezones y repetía sin cesar “más, más”. Pocos minutos más tarde me corrí ciego de lujuria en un orgasmo asombroso. Me retiré de ella y ella se quedó a gatas y en pompa, con el ano aún abierto. Pasaron unos minutos y se levantó, se dirigió hasta su armario, lo abrió y de un cajón saco algo. Cuando lo vi, mi polla se me disparó de nuevo. Era un consolador enorme, del grosor de mi muñeca y largo, como de unos 40cm, con bultitos desde la mitad hasta el final. Se tumbó boca abajo junto a mí y me lo ofreció.
– Métemelo por detrás y empújalo con fuerza. No pares hasta que yo te diga. Y haz lo que desees.
Dicho esto se relajó, se extendió sobre la cama, con las piernas ligeramente abiertas. Cogí el consolador, le abrí una nalga, creí que elevaría el trasero para facilitar la introducción pero no, siguió relajada. Le metí los dedos para abrirle un poco el ano, primero uno, luego dos, tres y cuatro. Giré la mano mientras ella se tapaba la cara con la almohada. Puse la punta del consolador junto a mis dedos que estaban dentro, y mientras los sacaba comencé a introducirle el aparato. Veía como los bultos del objeto rasgaban su ano, ella gemía con la cara enterrada en la almohada. Terminé de sacar los dedos y continué empujando y empujando hasta que terminó de entrar la parte claveteada, seguí empujando lentamente. Hasta que ella no dio un respingo no paré. Había entrado unos 30 cm, bien asido por la parte que quedaba fuera empecé a sacárselo y metérselo cada vez mas rápido. Ella mantenía su culo inmóvil.
Que espectáculo era contemplar aquello a medio metro de distancia, como tragaba aquel culo aquella bestialidad. Empujaba con fuerza para hacerle daño y ella solo gemía transformando el dolor en placer. Me animé, mi polla volvía a estar dura como una piedra.
Le golpeé las nalgas, se las escupí, le metía los dedos en la vagina, y ella se corría una y otra vez. No aguantaba más, me masturbé con fuerza y pocos segundos después me corrí sobre su consolador y su culo, en una explosión de placer indescriptible.
Le dejé el consolador dentro mientras tumbado a su lado nos mirábamos y sonreíamos. Se incorporó se lo sacó y nos fuimos al baño a lavarnos. Tras ello, me sugirió cariñosamente que me vistiera y me marchara. Estaba amaneciendo y también quería llegar a casa antes de que mis padres se levantaran. No hablamos mucho más, nos dimos unos suaves besos y me abrió la puerta mientras con la cabeza escondida tras ella, me lanzó un beso al aire. Me di la vuelta, me abrió la cancela desde su casa y me dio pena ver mi coche allí, esperándome para hacerme despertar de aquel sueño.

No fue mi último coito anal, pero sí el primero y el mejor. Jamás la volví a ver y con los años me jode que habiendo sido una experiencia tan importante, ni siquiera recuerde su nombre.
Saludos

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